domingo 17 de julio de 2011

Año 4206 por Cristina Tagliazucchi

Habían sido elegidos entre cinco millones de niños al nacer. Habían sido estudiados, medidos, cotejados, preparados, aleccionados y supervisados muchos años, y por fin había llegado el día.
En una nave especialísima, Yian y Pei, partirían en breve, munidos de la más alta tecnología al espacio galáctico a conquistar LAINEG.
Viajarían ocho millones de kilómetros desde la tierra, mejor dicho desde la base de Shun Peik, al cosmos estrellado.
Se había estudiado mucho al planeta al que arribarían, se les había informado exactamente de todas, absolutamente todas sus características, y también sabían con precisión que iban a hacer.
Laineg, da una vuelta alrededor del Sol cada cuatrocientos veintiún años y cinco semanas. Su órbita es oval, aunque es imposible que choque con ningún otro, de los quince planetas conocidos.
Tiene la característica de ser poco rocoso, respecto de los demás, con una densidad aproximada de cinco veces la del agua. Con gases a los que ya los habían expuesto, con bocas y narices auxiliares, irían a poblar un mundo nuevo, ya que los tres planetas habitados por humanos estaban desbordados, y había necesariamente que poblar otros mundos; y para eso China era desde hacía miles de años la primera potencia.
Yian y Pei, conocían todos los satélites de Laineg, que eran cuatro. Y después de instalar una base de operaciones en ese suelo de gas, que los haría caminar en el aire, a setenta centímetros de la base, volverían en catorce años a la Tierra, con la tarea cumplida.
Llevaban un arsenal de “complets” con semillas, con óvulos fecundados de todos los animales planeados por los científicos en la tierra, con infinitas y precisas indicaciones que esos cerebros largamente entrenados acatarían.
Pero como Yian y Pei, tenían deiceséis años, a pesar del arduo entrenamiento, los genes de la rebeldía de la tercera infancia, antiguamente llamada adolescencia, prevalecieron. Y comenzaron a desobedecer, como suele pasar.
Se  amaron libremente, plantaron sólo lo que quisieron, consumieron sólo lo apetecible, aparearon a sus animales preferidos, eliminaron a otros, e hicieron crecer sólo lo que les gustaba; y como Laineg se convirtió en algo hermoso, decidieron no volver.
Lo hicieron justo, justo, a su imagen y semejanza.





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